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Sobre una mesa descansa una urna de cristal en cuyo interior se ve, sumergido en un líquido transparente y gelatinoso, un cerebro humano. De él salen centenares, miles de pequeños hilos que se van reuniendo en haces cada vez más gruesos hasta fundirse todos en una única manguera que sale del recipiente y va a parar a una enorme y reluciente máquina repleta de luces parpadeantes. Otros cables de mayor sección que parecen tubos salen en menor número del cerebro y van a parar a otros artilugios de aspecto hidráulico.
El responsable del montaje es el profesor K., a quien nos dirigimos para conocer el significado de todo aquello: resulta que el cerebro está vivo y la gran máquina reluciente es un ordenador de su invención capaz de proporcionar al cerebro todo tipo de impresiones sensoriales a través de las pequeñas fibras que están conectadas a él, mientras que las conexiones más gruesas son, en efecto, conductos a través de los cuales se le proporcionan los nutrientes y el oxígeno necesarios para su metabolismo. El ordenador genera los estímulos que transmite al cerebro de modo tal que crea en él una apariencia de realidad total: el cerebro oye, ve, huele, siente de un modo en nada distinto al de un cerebro humano normal dentro de su caja craneana. Como todas sus percepciones llegan a través de las fibras no tiene forma de distinguir su realidad virtual de una realidad real. Para el cerebro no hay más realidad que aquella que construye a partir de lo que percibe
Cuando le preguntamos al profesor K. por su siguiente proyecto, nos dice que va a conectar varios cerebros sumergidos en distintos frascos para que interactúen entre sí.
—Por cierto, ¿tiene nombre?
—¿Quién?
—Pues... el cerebro... quiero decir... la mente... quien sea que percibe lo que el ordenador manda por los cables.
—Ah, claro. Sí, sí, tiene nombre: se llama Efímera.
*
Efímera acaba de sentir un calambre que le ha recorrido todo el cuerpo. Desconcertada, sin poder imaginar de dónde le ha podido venir la descarga, se ha sentado en el primer sitio que ha encontrado: la banqueta del piano. Allí, mientras recupera el aliento, acaricia los bordes de las viejas fotografías que descansan apoyadas en el atril. Se fija en los personajes que posan, abrazados y sonrientes, en las instantáneas amarilleadas por el tiempo. Entonces repasa mentalmente lo que recuerda de ellos y se asombra de que sea tan poco, apenas nada: algún nombre, un par de anécdotas y un aroma antiguo, pero muy familiar, un aroma a... a..., sí, a vainilla.
Fuentes: Mucho se ha escrito sobre cerebros en urnas. Por ejemplo:
Esto no admite réplica; y ellos sería razón suficiente para que toda persona razonable pusiera en tela de juicio los argumentos que se aducen en pro de la existencia extramental de los objetos.
Última actualización: 3-10-2026
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Las aventuras de Efímera y Contingente
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