Las aventuras de Efímera y Contingente

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La cultura

El DRAE nos da dos acepciones de la palabra cultura muy interesantes.

Una dice que cultura es el «Conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico».

La otra define cultura como «Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc.».

Es obvio que nos encontramos ante un problema, aunque en realidad son tresi. Pareciera que la diferencia entre ambas acepciones es que la primera habla de la cultura de una persona mientras que la segunda se refiere a la cultura de un grupo humano. Pero no: la diferencia fundamental es que la primera cultura tiene una finalidad: desarrollar el juicio crítico de un individuo, mientras que la segunda cultura no tiene finalidad: simplemente da nombre a lo que hay, a lo que comparten los miembros de un grupo.

El problema generado por la primera definición consiste en el fascinante debate sobre qué «conjunto de conocimientos» permite desarrollar un juicio crítico: ¿podemos pensar en un núcleo duro de conocimientos imprescindibles? ¿Hasta qué punto depende el conjunto del individuo, de su medio ambiente, de su historia? ¿Son solo necesarias las ciencias sociales o también debe incluir conocimientos científicos? ¿En qué grado es importante la experiencia estética? ¿Debe la ficción en sus distintas manifestaciones formar parte de él? Lo que parece evidente es que discutir sobre qué es la cultura es en sí mismo cultura.

El problema que presenta la segunda acepción es que es un coladero: vale todo. Permite hablar de la cultura Magdaleniense, de la cultura japonesa o de la cultura del vino, lo cual está muy bien, pero también de la cultura del toreo, de los videojuegos, o de la cultura católica. Sí, es un coladero, pero no supone ningún problema si sabemos a qué nos referimos en cada caso cuando decimos «cultura».

Lo malo es que, por imprecisión o mala fe, con frecuencia se confunden ambas definiciones, se ponen en relación ambas definiciones y se abusa de la sinonimia para trasladar valor de una a otra. Es difícilmente discutible la grandeza de la cultura en su primera definición: si algo nos hace humanos es nuestra capacidad para juzgar críticamente el mundo que nos rodea. Si algo nos da una oportunidad de sentirnos libres es esa cultura. Pero en las culturas de la otra acepción podemos encontrar cosas menos edificantes, menos deseables y, desde luego, en nada favorecedoras del desarrollo del juicio crítico.

Veamos un ejemplo: la cultura católica tiene en su haber una impresionante cantidad de arte: durante siglos los artistas, espoleados por el dinero que venía de la nobleza y el clero, se dedicaron a poner en imágenes los mitos bíblicos y nos dejaron obras de una belleza tan deslumbrante como El descendimiento de van der Weyden, la Piedad de Miguel Ángel o el Campo de los milagros pisano. Pero entre las tradiciones de la cultura católica también está la de quemar herejes, mantener a las mujeres lejos del poder o la de imponer a sus seguidores una serie de dogmas y preceptos de obligada aceptación y obligado cumplimiento. Nada se me ocurre menos favorecedor del espíritu críticoii.

Sin embargo, es cultura. Del segundo tipo, sí, pero es cultura. Y al decir que es cultura se arroga el halo maravilloso y fascinante de la otra cultura. La primera acepción blanquea a la segunda y así la segunda se aprovecha del buen nombre de la primera.

Por culpa de esta confusión de los dos sentidos principales de la palabra cultura, la CULTURA con mayúsculas ha sufrido un proceso de deterioro, y no solo porque cultura, al significarlo todo, apenas significa nada, sino porque sirve para justificar cualquier tradición, por bárbara que sea, con la excusa de que «forma parte de mi cultura».

Pero a este deterioro también ha contribuido cierta dejación de funciones por parte de todos causada por el deseo de no parecer autoritarios, por el afán de abrirnos a otras manifestaciones culturales, por complejo logocentrista, y hemos dejado que el todo vale de la segunda cultura contamine al de la primera. La posmodernidad, al poner en pie de igualdad todos los relatos, aportó la coartada académica a este proceso de pérdida de valor por igualación.

Pero no, no todo vale, no es lo mismo torturar toros que emocionarse escuchando a los Beatles; no es lo mismo jugar al Street Fighter que pintar animales en las paredes de las cuevas; no es lo mismo rezarle a ídolos de madera que analizar las reflexiones de Bertrand Russell acerca de la libertad, sumergirse en los mundos de Virginia Woolf o intentar comprender el principio de incertidumbre de Heisenberg.

Es una cuestión de definición.


Notas:

i Todo conjunto de dos elementos genera tres problemas, uno por cada elemento y otro por la relación entre ambos.

ii En este punto es fácil que alguien pregunte por qué no me meto con el Islam en vez de con el catolicismo. La razón es que conozco mucho mejor el catolicismo. Y no por voluntad propia, sino porque me crié en una dictadura católica.

Última actualización: 3-10-2026


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